Redacción MELISSA M. LAGUNA
Si dentro del desasosiego cabe un poco de sosiego, este se ha producido esta semana para las víctimas de la talidomida. Aunque estas han tenido que ver pasar casi cincuenta años desde la prohibición del medicamento – recetado para tratar las náuseas del embarazo y que originó el nacimiento de miles de niños con focomelia- hasta que, al fin, los poderes públicos se han decidido a tomar medidas para reconocer su padecimiento.
Desafortunadamente el de la talidomida no es el único caso en el que un medicamento, en principio inofensivo, hipoteca la salud del paciente de por vida. El agreal es otro ejemplo. Este tratamiento -que fue prescrito durante más de 20 años para combatir los sofocos relacionados con la menopausia- ocasionó daños psiquiátricos y neurológicos en cientos de mujeres.
El bufete de Fernando Osuna, abogado de las víctimas, ha recibido hasta la fecha 1.700 denuncias de afectadas por la toma del agreal. Hay procesos pendientes de resolución, pero, por el momento, sólo 21 han sido indemnizadas.
Ninguna de las afectadas fue informada de que el agreal podía ocasionar depresión, ansiedad, temblores, pérdida de memoria, trastornos del movimiento, Alzheimer o Parkinson. Ni siquiera el prospecto indicaba esa posibilidad, algo que ha reconocido la justicia española.
Cuando en el año 2005 la Agencia Española del Medicamento ordenó la suspensión de la venta de agreal, la noticia saltó a los medios, pero pasada la vorágine informativa las víctimas cayeron en el olvido.
En septiembre de 2008, mientras José Luis Rodríguez Zapatero comparecía en el Congreso, un grupo de mujeres, que habían accedido a la cámara como visitantes, interrumpían la sesión lanzando al aire unas cajas de medicamentos y solicitando asistencia sanitaria. Fueron desalojadas en cuestión de segundos. Eran ellas, enfermas del agreal. Aunque con particulares excepciones, de quiénes eran o qué reclamaban pocos medios se hicieron eco.
Aunque las tuve cara a cara, no soy capaz de recordar el rostro aquellas valientes, pero sí su desesperación y las lágrimas que brotaban de los ojos de una de ellas. Luchaban contra los temblores y los mareos -secuelas de la toma del medicamento- que les dificultaban hablar, pero querían, necesitaban que se las escuchara. Hablaban por ellas, por las otras afectadas que ese mismo día tirarían para adelante con su enfermedad y se manifestarían por las calles de Madrid y, por supuesto, por todas a las que el agreal les cambió la vida. Sólo reclamaban ayuda, atención médica para paliar sus dolores. Ellas estaban sanas antes de tomar agreal.
Enlaces relacionados
☺ María Cristina: “El agreal me ha causado mucho dolor y lágrimas”. El Periódico de Aragón. 20/03/2007
Sentencias
☺ Resoluciones judiciales sobre el agreal. Bufete Osuna
La unión hace la fuerza
☺ Asociación de enfermas del agreal de España
¿Dónde está la justicia en este país? me parece una vergüenza que los políticos giren la cara ante problemas como éstos… increíble e inaceptable
Laura
Desde luego que ya iba siendo hora… Es terrible esta historia, la verdad es que me pone los pelos de punta ver a los afectados en televisión, porque es algo que le podría haber pasado a cualquiera. Enhorabuena a todos los que han conseguido al fin aquello que la justicia les estaba negando y que les pertenecía por derecho!
Por si no hubiera poco desgracias en el mundo…la justicia ya se encarga de que crezcan un poco más. Cuando cosen un roto, les aparece un descosido más grande por otro lado. Las justicia necesita demasiados cambios…
Hay muchas deudas pendientes, sangrantes la mayoría, injustas e indefendibles, pero lamentablemente los engranajes de la burocracia o la inacción dejan de lado esas causas. Es por eso que te apoyo y publico siempre tus aportes, los considero causa justa. Muchas gracias por la labor que haces, me consta que te sigue y que llegas a mucha gente. Un abrazo muy fuerte a todas esas personas que de una manera u otra sufren por las injusticias y el desinterés… y otro para ti.